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Palacios el curso del Becedillas busca por Junciana el abrazo del
Tormes en medio de una vegetación más serrana y
apretada. Hasta alcanzar el caserío de Becedas, que se avisa
en lontananza por la silueta de las peñas de Neila, a las
que Unamuno bautizó como “escombreras del
cielo”, sorprenden los campanarios exentos de las iglesias,
usados en otro tiempo como oteaderos para vigilar montes, ganados y
cultivos.
La primera imagen de Becedas, antes de pasar la puentecilla,
es la torre berroqueña de su iglesia renaciente
asomada sobre el perfil
rojizo de los tejados. «La villa, a
la distancia, aparecíaseme como
una enorme tortuga roja -del color
de sus tejados- con un cuerno,
que era la torre de la iglesia. Y recordé
las calles por las que corre al
sol y al aire el agua del arroyo». La
estampa de Unamuno, que escogió
este lugar para sus veraneos familiares,
se adorna con el colorido
de los tiestos de flores en las galerías.
Iglesia de la Inmaculada
Concepción. / FOTOS: ERNESTO ESCAPA
Fuente medieval de El Lugar.
La presencia estival de don Miguel con su nutrida
prole en Becedas convierte a este pueblo abulense en uno de los
enclaves más literarios de la sierra. Cuatro siglo antes se
había alojado en el mesón Teresa de
Jesús, buscando alivio a sus problemas de salud en los
remedios perejileros de una curandera que a punto estuvo de mandarla
para el otro barrio.
Vino Teresa con severos desarreglos coronarios y
recibió como terapia una purga recalcitrante para los
atascos del aparato digestivo. Año tras año lo
recuerdan los jóvenes cantores del Ramo:
«Aquí te martirizó / la
célebre curandera / que logró tratarte mucho /
pero no ponerte buena». El enclave teresiano de Becedas se
encuentra a la derecha de la carretera que prosigue hacia San
Bartolomé de Béjar y La Hoya. Hay un ensanche
para dejar el coche, justo en las traseras traseras de la iglesia y
peraltado sobre la hermosa arquitectura del centro teresiano fundado
por el canónigo don Crisanto en 1898.
Una capilla de 1858 ocupa el espacio del antiguo
mesón y a su vera, retranqueado, aparece el precioso
edificio decimonónico: nada conventual, luminoso y
transparente de claridades. Precisamente cuando santa Teresa se
convirtió en estrella de la tele, Becedas fue el punto de
arranque de aquella serie.
En sus días de quebranto la santa
subía con enorme fatiga la cuesta de los Santos hasta la
iglesia, cuyo párroco resultó ser una calamidad.
Aquel clérigo llevaba siete años en trato carnal
estable con una mujer del lugar. «Era cosa tan
pública que tenía perdida la honra y fama y nadie
le osaba hablar contra esto».
Teresa le arrancó el idolillo de cobre que
llevaba al cuello y lo devolvió al redil. Todos estos
sucesos y padecimientos los relata con plasticidad y soltura la santa
en su Autobiografía. Entonces Becedas era un pueblo de
arrieros y de gente emprendedora, que aprovechaba la corriente del
Becedillas para mover la industria de molinos y batanes.
TIERRA DE
ACEBOS.
Unamuno ha dejado constancia en versos y
artículos de sus temporadas en Becedas, así como
del impacto que supuso para Santa Teresa su estancia en este
hondón de Avila.
Luego, más tarde, ya en los setenta del pasado
siglo, también pasó un año en el
pueblo Brandes Stanley, un antropólogo americano que en 1975
publicó en Nueva York su estudio sobre la comunidad rural de
Becedas. Aquel libro sigue sin ser traducido pero en sus conclusiones
apunta la condición pendenciera y errabunda de los de
Becedas, así como la envidia hacia quienes un día
tomaron la resolución de marchar a la emigración.
Ninguna placa recuerda el paso del ilustre profesor americano.
Claro que para barajar tópicos no es preciso
saltar el charco. Vale con indagar la toponimia, que es ciencia siempre
resbaladiza. El nombre de Becedas ha sido interpretado como
derivación de vez o turno para cuidar el ganado; como lugar
en que se trabajaba el berceo o esparto; y también como
tierra de acebos, porque en el Ramo que se canta dos veces al
año este es su árbol totémico.
Sea cual fuere el secreto de su nombre, Becedas preside el
hondón que se abre entre Peña Negra y la Sierra
de Neila, ocupando la loma declinante desde Las Cabezuelas hasta la
garganta del Becedillas.
En Las Cabezuelas guarda el cruce de cañadas y
caminos la ermita de la Encarnación, que festeja con hornazo
la Pascua Florida, y hacia el Becedillas mira un pueblo acostumbrado a
aprovechar su empuje para la molienda y sus estanques para el
escalofrío veraniego del baño.
Becedas cuenta con muchas fuentes en sus calles y plazuelas,
aunque ya no corren a la vista por ellas las antiguas regaderas. Una de
ellas, la conocida como de El Lugar, ha sido datada en el siglo XIII.
El recorrido del viajero por Becedas, después de pagar el
tributo teresiano, pasa por la plaza de la iglesia, que se hace visible
por el mástil de su torre.
La portada granítica muestra a los duques de
Béjar en dos medallones. La plaza del Ayuntamiento se llama
del Ejedillo y en uno de sus flancos compiten la atrocidad
arquitectónica del nuevo consistorio con la de la Caja de
Ahorros provincial.
Unamuno escogió para su residencia la vecindad
del riachuelo y allí se recuerda su asiento en la
peña de la Zorra o junto a la fuente de la Bimborra. El
cuidado de la orilla del río, desde el Molino de Abajo hasta
la hermosa plazuela de la peña de la Zorra, alivia la
sensación de destrozo que se aprecia en la arquitectura
tradicional de este pueblo serrano.
http://www.laposadanet.com/n289/rutapor_289.shtml
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